No puedo parar. Cuando todo va bien. No puedo parar. Canto, río, salto, grito. No puedo parar. Mi música preferida a todo volumen. Mi garganta gritándoles a todos que soy feliz. Se me ve venir antes incluso de llegar, desprendo magia, me irradia positivismo y alegría. Se contagia el buen humor. El cielo es azul, las flores brillan al sol con sus vivos colores. Soy feliz y no puedo parar. El mundo me sonríe. La gente me mira y se alegra. Todo va bien, todo sale rodado. La suerte de cara, no me hace falta el as de la manga. Muestro mi lado más feliz, voy bailando a cada paso que doy. No puedo parar por que todo va bien… Y de repente se me cruza una idea en la cabeza, una duda…. Hoy es el mejor día de mi vida, ¡¡¡¡¡¡¡verás como viene algún hijodeputa y me lo jode!!!!!!
Porque sí, porque hoy es el día. Es el día de los atontaos… que digo yo, que el amor atonta, te deja esa risa boba, esa mente distraída, esas conversaciones sin sentido sobre si el cielo es azul o a que huelen las nubes… ¿Y que pasaría si ese atontamiento de los catorce de febrero se celebraran los 364 días restantes? ¿No cansaría tantos catorces de febrero? De todas maneras, se celebre hoy o se disfrute todo el año (lo más ideal), lo importante es querer… aunque que sólo quieras tú…
El video es muy bueno, totalmente recomendable para aquellos que pensamos que el amor es algo más que un día en el calendario.
Sonó el teléfono móvil de empresa que descolgué con mi habitual saludo “Albert Fosch al habla, ¿en que puedo ayudarle?”. Al otro lado de la línea contestó Maria Teresa:
- - Buenos días señor Albert, ¿le queda mucho para llegar a la visita que habíamos acordado?.
Mi voz se bloqueó mientras mi mente pensaba mil situaciones de confusión, ¿se habrá equivocado de dirección?, ¿Será una broma absurda de mis compañeros para fastidiarme el único día de fiesta del que dispongo? Mientras intentaba poner en orden mi cabeza y lograr contestar cortésmente a la extraña pregunta, mi mirada recorría todos los rincones de la calle por si veía a alguna joven, teléfono en mano, que buscara un portal, sin éxito.
-Perdone Maria Teresa, lo mismo nos hemos confundido alguno de los dos, ¿Dónde se encuentra usted?.- conseguí responder no sin denotar un tono dubitativo.
-Albert, disculpe, debí decirle que le esperaba en el rellano del piso. Llegué un poco antes de la hora acordada y cómo vi la portería abierta decidí curiosear la escalera. Ahora mismo me encuentro delante de la puerta de la vivienda, que por cierto se encuentra también abierta y pensé que usted se me había adelantado.- escuché con atención mientras mi mano nerviosa trataba de encontrar la llave del portal.
-No, por Dios, disculpe usted Maria Teresa, ahora mismo subo. Pero mientras tanto, no entre en el domicilio, espere en el rellano. La puerta no debería estar abierta…- dejé la frase en el aire y colgué la llamada para centrarme en abrir el portal que se resistía a la llave.
Más por fuerza que por maña y a punto de romper la llave, cedió la cerradura y me adentre escaleras arriba, corriendo, por no perder tiempo esperando al ascensor. Reparé en que el cubículo del portero se encontraba vacío. Desconocía si habían sustituido al anterior por lo que no me preocupé en demasía. El piso en cuestión, tercero de altura, se encontraba encarado al noreste, y a través de los ventanales del rellano una luz intensa deslumbraba los suelos enmoquetados y las paredes revestidas del pasillo. Al llegar a la puerta del 3ºC, nadie. Ni rastro de Maria Teresa. Eso sí, la puerta estaba abierta, como había dicho. Pensé que esto no me podía estar pasando a mí. Para una dichosa venta que, con un poco de suerte, iba a salvarme el mes económicamente, se me estaba complicando por momentos. No sé si valoré todas y cada una de las posibilidades que tenía, lo que sí sé es que debía salir al paso fuera como fuera, encontrara lo que encontrara en el interior. Mientras cruzaba el umbral rezaba plegarias mentales para que Maria Teresa estuviera dentro, a ser posible sola y dispuesta a firmar un preacuerdo de venta…
Aún me pregunto el porqué, si fue queriendo o sin querer. Si caí porque tropecé o si me hiciste caer. Yo siempre he dado todo, tú recibías sin dar nada. Los años, meses y días se escapaban en tu mirada. No me di cuenta del dolor, no quería ver mi sufrimiento, sabía que tú esperabas que llegara este momento. Te hubiera bastado una palabra, una disculpa o un “lo siento” y yo hubiera dejado de navegar, contra marea y contra viento. Intenté pasar por alto cada uno de tus malos días, intenté convencerme que sí que me querías. Ilusa, engañada y derrotada por dentro, hubiera evitado el infierno en el que hoy me encuentro. No sé si podré levantarme, no sé si merece la pena, vivir y volver a ilusionarme para luego cumplir condena. He caído muy profundo por culpa de un amor que merecía, y sin darme cuenta que caía hoy me cuesta volver al mundo. Mirar de frente la vida, levantar bien la cabeza, olvidar que estoy perdida y el corazón lleno de tristeza. Volveré a intentarlo, volveré a sobreponerme, esperando con el alma rota, que alguien pueda llegar a quererme.
“Las puertas del verdadero amor me siguen escondiendo su llave maestra”
Por desgracia la vida de vendedor de pisos tenía esos inconvenientes. Era domingo y me encontraba a las puertas de un bloque de pisos de lujo en el barrio de Sarriá, esperando a la cliente de turno. Seguro que sería la típica yuppie que buscaba su nidito de amor en el centro de Barcelona. Aunque pareciera raro que yo trabajara en domingo, la oportunidad lo merecía. El piso en cuestión llevaba casi un año en venta y no había recibido ninguna visita. Podía ser entendible por el precio de venta, elevadísimo para los tiempos que corren, incluso para los yuppies acaudalados, pagar más de 7.000 € al mes de hipoteca era una barbaridad. Pero lo curioso es que nadie sabía lo que había pasado en él. Justo una semana antes de agenciarse la primicia de venta nuestra empresa, la propietaria, hija de un magnate barcelonés afincado en Arabia Saudita, había fallecido en su interior. Los trabajos policiales de investigación y forense tras el hallazgo del cuerpo por el portero de la finca fueron tan discretos que ningún vecino se percató de lo sucedido. Tan sólo el portero, que a la semana recibió una cuantiosa suma de dinero por parte de la familia y colgó su uniforme para desaparecer del mapa posteriormente, y la policía conocían lo sucedido. Los comerciales de nuestra empresa supimos la historia de rebote cuando nuestro jefe envió un e-mail por error a todos los trabajadores, y que iba dirigido al Intendente Jefe de los Mossos de Escuadra, informando que el sr. Agustí Guasch i Solà, padre de Marta Guasch, la fallecida, había cedido los derechos de venta del inmueble a la empresa tras el trágico suceso, solicitando en el mismo, que tanto la investigación judicial como las pertinentes visitas que recibiera el inmueble, fueran lo más discretas posible.
Conocido el caso por todos los trabajadores de la inmobiliaria, comenzaron los rumores y las indagaciones. Lo poco que se sabía de Marta Guasch era lo que se reflejaba en las redes sociales. Perfil de facebook inactivo desde hacia meses, con poca actividad (tan solo 30 amistades) de la que se podía desprender que Marta era una estudiante dedicada única y exclusivamente a acabar su carrera de química con “honoris causa”. Sin fotos comprometedoras, sin chistes ni enlaces picantes, sin ningún posible hombre que pareciera interesarse por ella, ni tampoco ninguna mujer. Las causa de la muerte eran desconocidas por todos, y nuestro jefe de ventas, Salvador, se ocupó muy bien de terminar con las investigaciones de curiosos, expedientando a todo aquel que fisgoneaba en el asunto.
El hecho en sí dejó de ser noticia de corrillo a las pocas semanas de conocerse, olvidando por completo la historia que renacía justamente hoy que se cumplía un año del fallecimiento de Marta. Y ahí estaba yo, esperando a mi clienta que ya llevaba quince minutos de retraso. Hubiera sido una visita normal, pero no lo era. La clienta que dijo llamarse Maria Teresa en conversación telefónica, tendría que haber pasado en horario comercial por la oficina a cumplimentar la ficha de visita, pero las condiciones especiales que expuso por teléfono y la jugosa comisión que podría llevarme por la venta de la vivienda hicieron que me saltara varios pasos sobre confirmación de identidad, solvencia económica y referencias. La señora o señorita Maria Teresa comentó en nuestra conversación que, aunque tenía 26 años, no le preocupaba el importe económico ya que disponía de una cuantiosa herencia de su padre, fallecido en Afganistán durante una misión militar a la que no quiso dar más detalle. Nueva rica, joven y con ganas de gastar dinero, pensé yo, toda una joya para caerle bien el primer día y tentar al destino con una jugada redonda, venta del piso, pastón por comisión, flechazo a primera vista, mudanza conjunta y a vivir de la sopa boba.
20 minutos de retraso y yo seguía soñando con una vida imposible.
COMPARTE MI VIDA, TÓMAME POR LO QUE SOY
PORQUE YO NUNCA CAMBIARÉ TODOS MIS COLORES POR TI
TOMA MI AMOR, NUNCA TE PEDIRÉ DEMASIADO
SIMPLEMENTE TODO LO QUE ERES Y TODO LO QUE HACES
REALMENTE NO NECESITO MIRAR MUY LEJOS
NO QUIERO TENER QUE IRME A DONDE TU NO ME SIGAS
NO QUIERO CONTENER DE VUELTA, ESTA PASIÓN QUE TENGO DENTRO
NO PUEDO SOBRELLEVARLO POR MI MISMA
NO HAY LUGAR DONDE ESCONDERSE BUENO, NO ME HAGAS CERRAR OTRA PUERTA MÁS
NO QUIERO SUFRIR MÁS
QUÉDATE EN MIS BRAZOS SI TE ATREVES
O ACASO DEBO IMAGINARTE ALLI?
NO TE ALEJES DE MI...
NO TENGO NADA,
SI NO TE TENGO A TI,
TU PUEDES VERME A TRAVÉS, DIRECTO A MI CORAZÓN
TU ROMPES MIS PAREDES CON LA FUERZA DE TU AMOR
NUNCA CONOCÍ UN AMOR COMO EL QUE CONOCÍ CONTIGO
UN RECUERDO SOBREVIVIRÁ , UNO SOBRE EL CUAL ME PUEDO SOSTENER.
El eco de tu voz quedará siempre flotando en muchas de nuestras historias. DEP Whytney.
Después de una buena sobremesa en compañía de amigos, habiéndonos bebido un par de botellas de zumo de uva (un par de tintos y una de rosado), mientras nos disponíamos a seguir con cafés, copas y demás, a alguien se le ocurrió la idea de jugar al “trivial” por parejas. La verdad es que hacia años que no jugaba al trivial, pero envalentonados por el buen rollo que había y con la intención de tomarnos el juego más a broma que a competición, le hicimos sitio al tablero y empezamos la partida.
A medida que el juego tomaba cuerpo, entre risas y tonterías, creció en los participantes la competitividad. A mí y a mi mujer no nos iban mal las cosas, habíamos conseguido cuatro quesitos e íbamos en cabeza. A la siguiente ronda volvimos a caer en una casilla de quesito, deportes, aunque ese ya lo teníamos. Nos lanzaron la pregunta, complicada, comenzó a contar el reloj de arena y erramos la respuesta. Cuando le iba a pasar los dados a la siguiente pareja, uno de los participantes dijo: “Espera un momento, tienes que quitarte el quesito naranja”. Mi ignorancia en las reglas del juego hizo que protestara en desacuerdo. No entendía porqué una cosa que ya había conseguido me la tenían que quitar. Comenzó entonces una conversación sobre reglas y normas, y el juego quedó en un segundo plano. Desconozco si fue por el vino o porque estábamos en un ambiente agradable, pero el hecho de perder o ganar dio paso a auténticos debates dialécticos. Un buen amigo mío, que participaba poco, de esos que siempre piensas que están como distraídos, que no se integran en el mismo nivel que el resto (a diferencia de su mujer, una cotorra de pedigrí) tomó el turno de palabra y expuso lo siguiente:
“El juego del trivial no es más que un juego. Da igual quien gane o quien pierda. Da igual si las reglas son unas u otras. Al final siempre hay un vencedor y los demás, perdedores. Yo no sé si pierdes quesito al contestar mal, lo que sí se que si el juego fuera un reflejo de la vida, ese quesito debería perderse.”
Todos los presentes escuchamos atónitos su introducción y nos pusimos a reflexionar para nuestros adentros, y se hizo un silencio.
Mi amigo al ver que nos había callado a todos, se echó a reír a carcajadas, y continuó con su discurso.
“Mirar, para mi la vida no es otra cosa que un juego. Un juego en el que participas activamente. Un juego que te pone obstáculos, pruebas y te obliga a tomar decisiones. Unas veces aciertas y otras te equivocas. Ensayo y error, la gran madre de la ciencia. Lo que sí tengo claro es que cada vez que tomas una decisión, cada vez que consigues algo, cada vez que aciertas en las duras pruebas de la vida, no te puedes recrear en lo conseguido y olvidarlo a continuación. Todo lo que se consigue en esta vida hay que guardarlo.
Y guardarlo bien. No esconderlo y olvidarlo. Guardarlo y mimarlo, cuidarlo, quitarle el polvo de vez en cuando, y mejorarlo si cabe. Cuando algo en esta vida te ha costado esfuerzo, sudor y lágrimas para conseguirlo no se puede dejar olvidado en un rincón. El día que yo abandone esta vida no me sentiré orgulloso por lo que he conseguido. Me sentiré orgulloso por lo que he mantenido, por lo que he llevado conmigo, por lo que he querido, amado y conservado, por lo que he aprendido con ello y por la felicidad que me ha aportado saber que he luchado hasta el final, que he superado pruebas y obstáculos intentando perder lo menos posible en el camino, como por ejemplo, mi mujer, mis amigos, mi familia, … todo aquello que hoy tengo y por lo que me levanto cada mañana y sonrío al sol. Todo aquello por lo que doy gracias de seguirlo teniendo al final del día.”
Sólo os puedo decir que no acabamos de jugar la partida, aunque todos, los presentes sabíamos que alguien había ganado. Y no sólo había ganado ese juego, había ganado en su vida y nos había echo ganar un pedacito de las nuestras.
-Ves, contestas con rabia, respondes a una pregunta con otra pregunta. ¿Te pasa algo?
+ ¿No te he dicho ya que no? Pues déjame tranquila.
-¿Pero no ves que me preocupo por ti? Lo único que quiero es ayudarte si te pasa algo, sabes que puedes confiar en mí.
+ ¿Confiar? ¿Cómo piensas que voy a confiar en alguien al que le digo que me deje tranquila y no para de agobiarme? Además si me pasara algo es problema mío.
-Acabáramos… o sea que te pasa algo y lo arreglas diciendo que es tu problema… pues estás muy equivocada, ¿sabes? Lo que te pasa a ti también repercute en tu entorno, también me afecta a mí… porque te quiero.
+ Tú no tienes nada que ver. Son cosas mías.
-Entonces, ¿ves como te pasa algo?, anda, cuéntame. Al menos si no puedo ayudarte quizás te venga bien sacarlo.
+ Sacar, ¿el que? Ni que fuera a parir. No me pasa nada, déjame.
-En que quedamos, te pasa algo o no. Tu voz dice que no, pero tus actos dicen que sí.
+ Mentalista, psicólogo, … ¿te falta algún título en tu vida?
-No me ataques, no voy a enfadarme. Se que estas mal por algo y no le voy a echar cuenta a tu ironía. Sólo quiero que sepas que estoy aquí. Para lo que quieras.
+ Quiero que me dejes tranquila.
-De acuerdo, si es lo que quieres. No me iré muy lejos, por si te arrepientes o necesitas hablar de algo.
….. ….. ….. ….. (Silencio)
+ Perdóname.
-¿Perdonarte por qué?
+ Por lo de antes. He sido grosera contigo.
-No pasa nada. No tienes porque pedir perdón. No me he sentido ofendido. Sólo trataba de ayudar.
+ Lo sé.
-¿Quieres decirme, entonces, que es lo que te preocupa?
+ No. No quiero hablar.
-Vale, vale. Pues nada, dejémoslo así.
+ No. No voy a dejarlo así. Voy a besarte, a desnudarte y hacerte el amor.
-¡Vaya! Me sorprendes.
+ ¿Sí? ¿Por qué?
-Debe ser un problema gordísimo, un gran remordimiento de conciencia o una situación muy embarazosa… lo que sea que tengas. Pero de momento me voy a dejar besar, me voy a dejar desnudar y me voy a dejar hacer el amor.
….. ….. …… (Silencio) (Gemidos)
+ Sabes, no estaba segura de decírtelo.
-¿Decirme el que?
+ Es igual, déjalo. Era una tontería.
-Mientras esa tontería vuelve a convertirse en un problemón, ¿podemos volver a hacer las paces?
….. ….. ….. (Silencio) (Gemidos) (Abrazos)….. Y dulces sueños….